jueves, 22 de diciembre de 2011

Reminiscencias navideñas

Por Víctor Hugo Álvarez
Es necesario hacer un alto, inhalar un respiro profundo buscando oxigenarnos, porque estamos hartos y perplejos de tanta deshumanización, de la hemorragia que  a raudales recorre nuestras calles, nuestros caminos y veredas. Apabullados por una matanza que no cesa y por la inutilidad de quienes están llamados a esclarecer tanta muerte y taimadamente ignoran lo que pasa a su alrededor, calculando, siempre calculando, en una eterna operación de hilandería política.
El viento sopla y trae rachas de reminiscencias de un pasado cercano donde la gente no daba gritos de dolor  ni se enjugaban lágrimas de consternación. Son recuerdos de una época de sonrisas, de anhelos infantiles cobijados en el calor del hogar, cerca del fogón de la abuela donde  la familia se refugiaba del intenso frío que agobiaba la ciudad y se tejían las conversaciones en torno a las festividades navideñas.
En la víspera de las festividades de  las ahumadas chimeneas, que sobresalían en los tejados, surgía un aroma a nacatamales, a sabrosas torrejas o a los platillos de la temporada. Eran tiempos de cohetillos, de rascaniguas. Los morteros y las varas eran exclusividad de los mayores,  como casi exclusivo era de los infantes el uso de las llamadas luces de bengala, que las quemaban acompañados de sus padres, un tío o un mayor. Hoy escuchamos el tableteo de las ametralladoras o de las AK-47 u otras armas, no para celebrar sino para segar vidas.
En las plazas públicas se acomodaban los “vende árboles”. La oferta eran preciosas y frescas ramas de pino cortadas  en el raleo de los bosques cercanos  la ciudad o los “chiriviscos” o ramas secas que luego se pintaban de dorado o plateado para adornar las rusticas salas de las viviendas. Ahora las plazas públicas son centros de inseguridad, de asalto o extorción.
Las muchachas antes de pensar en el baile de la Noche Buena que se realizaba en una de las casas del vecindario, se ponían a tejer las cadenas de papel crepé verde y rojo con que se adornaría el árbol, que era colocado por los muchachos, mientras los pequeños limpiaban las figuritas de barro con las cuales se adornarían los nacimientos cuyo punto central eran las imágenes de María y José, la mula y el buey y, por supuesto,  el Niño Jesús.
Aún me emociono con el canto del Gloria durante la “Misa del Gallo”, el sonar de las campanas, las voces del pueblo entonando el milenario mensaje de “Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”, mientras el humo de los cohetes satura el ambiente del templo y la gente se abraza precisamente deseándose paz.  ¿Cómo íbamos a saber los niños de entonces que pasado el tiempo  esa paz sería destruida por la violencia, por la falta de oportunidades, por la marginalidad y la desesperanza en que hoy esta sumida la población?
Luego la cena navideña con un calor familiar indescriptible, que trasciende el tiempo. Donde se solidificaban los valores de una sociedad que muchos pueden denominar costumbrista o tradicional, pero forjadora  de valores sólidos, donde el respeto a los mayores, a la autoridad, a la vida eran sagrados. Porque la autoridad respetaba, era ejemplo de honradez y manejo limpio de la cosa pública. Hoy eso es nada más un agradable recuerdo.
Matar era signo de escándalo, de repudio público, de indignación colectiva. Todo lo contrario a ahora, que cuando el viento sopla trae aires de muerte, de inseguridad, de cinismo y complicidad por acción u omisión.
En Navidad renacían las esperanzas, se hacían viables los proyectos pero sobre todo se saboreaba la fiesta y se disfrutaba la tranquilidad. Se recordaba al Niño que hecho hombre fustigó la injusticia, predicó la fraternidad, anunció un Reino de Paz.
Que al inhalar los aires de las reminiscencias, seamos capaces de reflexionar y tomar decisiones para evitar más baños de sangre en Honduras y que en vez de las velas que circundan un ataúd o expanden las sombras donde una madre, una esposa, un hermano o un amigo llora en silencio a un ser querido cuya vida se la arrebataron quienes han hecho de la cultura de la muerte su bandera, esa luces agiganten nuestros sentimientos y valores por una Honduras diferente.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Purulencia

Por Víctor Hugo Álvarez
Hay una afluencia inusitada en los titulares de la prensa nacional sobre el problema que la ciudanía desea mantener vigente, mientras unos pocos desean palidecer con grandes campañas  que magnifican  la leve disminución de la violencia en el país y levanta aplausos mediáticos a favor de las operaciones conjuntas que realizan el ejército y la policía a las cuales les ponen nombres  rimbombantes que en vez de aplacar como que avivan la tormenta.
Día a día salen a luz informaciones sobre cambios en la policía, tanto de oficiales como de agentes, que han sido detenidos, destituidos, rotados, puestos a las órdenes de la Fiscalía o los cuerpos de investigación o simplemente que curiosamente se han “fugado” a plena luz del día, pero el auténtico problema no se aborda.
La policía hondureña, con más de cien años de existencia, desde mediados del siglo pasado ha sido más un instrumento político que de garantía a la seguridad ciudadana, a sus bienes, al patrimonio nacional. Pese a la profesionalización de sus mandos, quienes han estado al frente de esa institución  la han sesgado a hacia la defensa de interés, propiedades y bienes individuales o la han utilizado como escalera para satisfacer sus ambiciones de riqueza o de poder.
El lenguaje común de oficiales y agentes de línea han sido epítetos repetidos cuando se les interroga sobre una detención arbitraria o  la muerte de ciudadanos: “Es un ajuste de cuentas”, “son luchas internas del crimen organizado”, “peleaban posicionamiento de territorios”, “son sediciosos” y lo peor; “son  o eran conspiradores y guerrilleros”. Presunciones, contaminación de la escena del crimen y un largo etcétera
En esta etapa de crisis de la institución llamada a salvaguardar vidas y bienes de la población, muchos criterios han aflorado sobre la politización de la policía y su ineficacia en brindar a la ciudadanía la seguridad que se merece. Un ejemplo claro de ellos, son las recientes declaraciones del Comisionado Héctor Suazo a un semanario capitalino cuando afirmó: “muchos políticos han levantado perfil a costas de la policía y uno de los peores  errores que pueda cometer un presidente de la República es nombrar como Ministro de Seguridad a un ciudadano que tiene aspiraciones políticas”.
Más claro no canta un gallo, ni puede haber mayor transparencia en las causas que provocaron la caída del flamante ex ministro de Seguridad, Oscar Álvarez, quien muchas veces escondió el problema de la institución y se dedicó al arte escénico con actuaciones dignas de las peores producciones fílmicas de Hollywood.
Nadie desconoce ya la corrupción, la criminalidad y la impunidad que se esconden en la institución policial, es por ello que la ciudadanía indefensa ha perdido el temor y ahora denuncia hechos cuyos autores materiales son agentes u oficiales. La valiente actitud que  asume la Rectora de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Julieta Castellanos, tras el asesinato de su hijo y un compañero del joven, se convierten en el referente que disipa los temores y permite destapar las arbitrariedades, a sus autores intelectuales y materiales.
Claro esta que la purulencia que emana del problema al interior de la policía no es el cáncer en sí, sino la consecuencia de problema del Estado mismo y de la corrupción que campea a muchos niveles. Todas las instituciones encargadas de velar por la aplicación de la justicia y garantizar el bienestar de la ciudadanía están salpicadas de corrupción, componendas políticas o indiferencia calculada.
 El tema de la seguridad esta politizado y más de algún aspirante político busca sacar provecho de la crisis asumiendo funciones que no le pertenecen ni tampoco son las que se necesitan, pues además de cosméticas rayan en lo circense.
Por ahora el problema de la inseguridad es el que se torna más sensible entre la población, pero si hay que aplicar el bisturí y comenzar el saneamiento, debe hacerse desde la raíz del mal que nos aqueja  y dirigir la mirada hacia todas las instituciones estatales. Por lo pronto, lo urgente es intervenir,   despolitizar y sanear la policía y que sean los mejores ciudadanos sobre los cuales recaiga esa responsabilidad.