lunes, 28 de noviembre de 2011

Purulencia

Por Víctor Hugo Álvarez
Hay una afluencia inusitada en los titulares de la prensa nacional sobre el problema que la ciudanía desea mantener vigente, mientras unos pocos desean palidecer con grandes campañas  que magnifican  la leve disminución de la violencia en el país y levanta aplausos mediáticos a favor de las operaciones conjuntas que realizan el ejército y la policía a las cuales les ponen nombres  rimbombantes que en vez de aplacar como que avivan la tormenta.
Día a día salen a luz informaciones sobre cambios en la policía, tanto de oficiales como de agentes, que han sido detenidos, destituidos, rotados, puestos a las órdenes de la Fiscalía o los cuerpos de investigación o simplemente que curiosamente se han “fugado” a plena luz del día, pero el auténtico problema no se aborda.
La policía hondureña, con más de cien años de existencia, desde mediados del siglo pasado ha sido más un instrumento político que de garantía a la seguridad ciudadana, a sus bienes, al patrimonio nacional. Pese a la profesionalización de sus mandos, quienes han estado al frente de esa institución  la han sesgado a hacia la defensa de interés, propiedades y bienes individuales o la han utilizado como escalera para satisfacer sus ambiciones de riqueza o de poder.
El lenguaje común de oficiales y agentes de línea han sido epítetos repetidos cuando se les interroga sobre una detención arbitraria o  la muerte de ciudadanos: “Es un ajuste de cuentas”, “son luchas internas del crimen organizado”, “peleaban posicionamiento de territorios”, “son sediciosos” y lo peor; “son  o eran conspiradores y guerrilleros”. Presunciones, contaminación de la escena del crimen y un largo etcétera
En esta etapa de crisis de la institución llamada a salvaguardar vidas y bienes de la población, muchos criterios han aflorado sobre la politización de la policía y su ineficacia en brindar a la ciudadanía la seguridad que se merece. Un ejemplo claro de ellos, son las recientes declaraciones del Comisionado Héctor Suazo a un semanario capitalino cuando afirmó: “muchos políticos han levantado perfil a costas de la policía y uno de los peores  errores que pueda cometer un presidente de la República es nombrar como Ministro de Seguridad a un ciudadano que tiene aspiraciones políticas”.
Más claro no canta un gallo, ni puede haber mayor transparencia en las causas que provocaron la caída del flamante ex ministro de Seguridad, Oscar Álvarez, quien muchas veces escondió el problema de la institución y se dedicó al arte escénico con actuaciones dignas de las peores producciones fílmicas de Hollywood.
Nadie desconoce ya la corrupción, la criminalidad y la impunidad que se esconden en la institución policial, es por ello que la ciudadanía indefensa ha perdido el temor y ahora denuncia hechos cuyos autores materiales son agentes u oficiales. La valiente actitud que  asume la Rectora de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Julieta Castellanos, tras el asesinato de su hijo y un compañero del joven, se convierten en el referente que disipa los temores y permite destapar las arbitrariedades, a sus autores intelectuales y materiales.
Claro esta que la purulencia que emana del problema al interior de la policía no es el cáncer en sí, sino la consecuencia de problema del Estado mismo y de la corrupción que campea a muchos niveles. Todas las instituciones encargadas de velar por la aplicación de la justicia y garantizar el bienestar de la ciudadanía están salpicadas de corrupción, componendas políticas o indiferencia calculada.
 El tema de la seguridad esta politizado y más de algún aspirante político busca sacar provecho de la crisis asumiendo funciones que no le pertenecen ni tampoco son las que se necesitan, pues además de cosméticas rayan en lo circense.
Por ahora el problema de la inseguridad es el que se torna más sensible entre la población, pero si hay que aplicar el bisturí y comenzar el saneamiento, debe hacerse desde la raíz del mal que nos aqueja  y dirigir la mirada hacia todas las instituciones estatales. Por lo pronto, lo urgente es intervenir,   despolitizar y sanear la policía y que sean los mejores ciudadanos sobre los cuales recaiga esa responsabilidad.  

lunes, 24 de octubre de 2011

Una región anestesiada

Por Víctor Hugo Álvarez
La naturaleza nuevamente cumplió su ciclo anual, torrenciales lluvias se precipitaron desde principios de octubre sobre la Zona Sur del país y si no se hubiera producido la inmisericorde deforestación de esa región ni tampoco se hubiera permitido el crecimiento desordenado de sus poblaciones, ni el adormecimiento de su población, no estuviéramos lamentando tanta desgracia.
El desbordamiento del Río Choluteca y sus afluentes sobre las bajas tierras de Valle y Choluteca y las consecuentes inundaciones que se derivan al salir los ríos y quebradas de sus cauces, son hechos  recurrentes. Año tras año la misma situación, la misma emergencia, el mismo huir de la población en busca de lugares seguros y, lo que es peor,  la misma desidia de los gobierno locales y el  gobierno central. Más parece esto una crónica de una inundación anunciada.
Desde principios del decenio de los años setentas del siglo pasado, los sureños acarician un sueño que  en pleno Siglo XXI aún no tiene asomos de convertirse en realidad. Ese `pueblo anhela la construcción de una represa de usos múltiples que se erigiría pocos kilómetros aguas abajo del paso del Río Choluteca por el Municipio de Morolica.
Este anhelo fue tema de la campaña de los candidatos a diputados por Valle y Choluteca en las pasadas elecciones, pero igual que en legislaturas anteriores el proyecto duerme el sueño de los justos. Sólo se despereza en septiembre y octubre cuando la población esta con el agua al cuello.
Esa ineptitud y desidia parecen calculadas, porque cada vez que se presenta la emergencia  los políticos locales y los precandidatos a puestos de elección popular lustran su sonrisa, almidonan su ceño para ver que se vean más profundos los surcos naturales de sus frentes y mustios y contritos acuden en caravanas a brindar “ayuda” a los damnificados. Por supuesto llevan un séquito de “hacedores de imagen”, cámaras por doquier y una nube de micrófonos esta presente para tomar sus declaraciones de solidaridad con los afectados.
Nada más falso y repugnante que esa actitud. Es como vivir de la desgracia de los pueblos del Sur y, al mismo tiempo por omisión, pensamiento o cálculo, olvidarse de las verdaderas causas de la tragedia anual. Las riadas destruyen la infraestructura, los puentes cuyas aproximaciones parecen pegadas con saliva como el de La Costa de los Amates que se derrumbó al menor amago de una crecida. Se lleva consigo los cultivos que alimentan la agroindustria, los de granos básicos, hatos ganaderos y  lo más lamentable preciosas vidas humanas.
Si hubiera una atentica disposición de resolver el problema, debería, en primer lugar, de aprobarse la construcción de la anhela represa. Se diseñarían y ejecutarían planes de educación ambiental y participación ciudadana y se pensaría en grande cómo activar el potencial económico de una región por ahora postrada, deprimida y postergada.
No es con sonrisas fingidas para llevar agua a sus molinos como se solucionarán los problemas de la Zona Sur. Es encarándolos y eso lo ha demostrado la Iglesia Católica al trabajar y educar a las comunidades no sólo en proyectos de desarrollo local, sino en la solidaridad auténtica. Muestra de ello es la rápida respuesta que ha tenido Cáritas de Choluteca ante la emergencia.
Pero el problema es de tal magnitud que no debemos hacer caer la responsabilidad de solventar sobre una institución. Es tarea de todos, incluso del mismo pueblo de esa región que parece haberse amoldado a la cíclica tragedia y se echa a esperar la solidaridad en vez de organizarse y reclamar sus derechos. Las décadas de tradionalismo y caudillismo en Valle y Choluteca han actuado  como perfectos somníferos  en la población. Es hora de despertarse y actuar.