lunes, 23 de enero de 2012

Credibilidad

Por Víctor Hugo Álvarez
 
No pasaron  ni 24 horas para que comenzaran a despejarse todas las incógnitas que suscitaron el intempestivo viaje del Presidente Porfirio Lobo a la ciudad de Miami, donde sostuvo una reunión con funcionarios de alto rango del gobierno norteamericano. El primer efecto de ese periplo relámpago fue el comienzo de la discusión en el Congreso Nacional,  sobre la posible extradición de aquellas personas que se dedican al narcotráfico.
Todos los actores que participaron en la sorpresiva cita, han coincidido que lo fuerte de las conversaciones fue la cooperación para garantizar la seguridad en el país y algunos cambios en las instituciones operadoras de justicia.
 
Loable iniciativa a primera vista, pero que refleja mucho nuestras carencias de gobernabilidad.
Es muy curioso el boletín emitido por la Embajada de los Estados Unidos en Tegucigalpa donde se expresa la complacencia norteamericana “de ver que el gobierno de Honduras avanza en un plan para reformar la Policía Nacional y fortalecer las capacidades de esta institución”. Viajar tan largo y envueltos en el misterio para recibir ese reconocimiento, como que no convence mucho.
Más explícito fue el presidente del Congreso Nacional, Juan Orlando Hernández, sobre los puntos que se desarrollaron en el encuentro cuando afirma: “que parte de lo tratado es de la intervención de la comunidad internacional si el crimen organizado llega a liquidar funcionarios por el combate a la delincuencia”.
Si eso es así y la comunidad internacional va a intervenir en el país para controlar el crimen organizado y la ola de violencia que nos sacude, más trazar los lineamientos para mejorar el sistema de justicia si que estamos amolados.
Se nos esta diciendo en lenguaje encubierto que no hay capacidad en el gobierno ni para controlar y erradicar el crimen organizado ni para aplicar justicia ante la avalancha de crímenes  no esclarecidos y cuyos autores viven a sus anchas en la impunidad, peor para encarar la depuración de la institución policial. 
Antes de la cita relámpago  voces de entera credibilidad moral se alzaron para señalar que somos un estado fallido. La rectora de la Universidad Nacional, Julieta Castellanos, fue más allá y dijo que en Honduras hay instituciones pero no gobierno y no se ejerce autoridad en el territorio nacional.
¿Será por ello que la comunidad internacional va a intervenir para controlar esa ausencia de autoridad en el país? Parece que sí se toman  tal como las expresó las frases del presidente del Congreso cuando afirma: “sí el crimen organizado mata a un funcionario por las medidas que se están tomando contra la delincuencia, una fuerza multinacional vendrá a buscar a los responsables hasta el último rincón para hacer justicia”. ¿Ante qué estamos?
Dejan mucho que pensar esas expresiones, como también dejó un mal sabor que un presidente que se supone tiene una agenda diaria que realizar, haya dejados sus quehaceres al primer llamado a un reunión con funcionarios norteamericanos. En la cita parece que al presidente Lobo le dieron los lineamientos  si se lee con detenimiento el boletín de la Embajada: “El Gobierno estadounidense enviará un equipo de expertos y técnicos a Honduras "para profundizar la colaboración bilateral en materia de seguridad ciudadana" y se comprometió a utilizar "todos los recursos disponibles para ayudar a Honduras”.
Ahora sabemos algunos de los motivos del viaje, queda esperar que de más hubo en la secreta reunión. O a lo mejor  tendemos que irnos acostumbrando a viajecitos sorpresivos cada vez que haya problemas serios en Honduras, pues todo parece que hemos perdido la credibilidad en nosotros mismos y así no podemos esperar que nos crea  el concierto de naciones.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Reminiscencias navideñas

Por Víctor Hugo Álvarez
Es necesario hacer un alto, inhalar un respiro profundo buscando oxigenarnos, porque estamos hartos y perplejos de tanta deshumanización, de la hemorragia que  a raudales recorre nuestras calles, nuestros caminos y veredas. Apabullados por una matanza que no cesa y por la inutilidad de quienes están llamados a esclarecer tanta muerte y taimadamente ignoran lo que pasa a su alrededor, calculando, siempre calculando, en una eterna operación de hilandería política.
El viento sopla y trae rachas de reminiscencias de un pasado cercano donde la gente no daba gritos de dolor  ni se enjugaban lágrimas de consternación. Son recuerdos de una época de sonrisas, de anhelos infantiles cobijados en el calor del hogar, cerca del fogón de la abuela donde  la familia se refugiaba del intenso frío que agobiaba la ciudad y se tejían las conversaciones en torno a las festividades navideñas.
En la víspera de las festividades de  las ahumadas chimeneas, que sobresalían en los tejados, surgía un aroma a nacatamales, a sabrosas torrejas o a los platillos de la temporada. Eran tiempos de cohetillos, de rascaniguas. Los morteros y las varas eran exclusividad de los mayores,  como casi exclusivo era de los infantes el uso de las llamadas luces de bengala, que las quemaban acompañados de sus padres, un tío o un mayor. Hoy escuchamos el tableteo de las ametralladoras o de las AK-47 u otras armas, no para celebrar sino para segar vidas.
En las plazas públicas se acomodaban los “vende árboles”. La oferta eran preciosas y frescas ramas de pino cortadas  en el raleo de los bosques cercanos  la ciudad o los “chiriviscos” o ramas secas que luego se pintaban de dorado o plateado para adornar las rusticas salas de las viviendas. Ahora las plazas públicas son centros de inseguridad, de asalto o extorción.
Las muchachas antes de pensar en el baile de la Noche Buena que se realizaba en una de las casas del vecindario, se ponían a tejer las cadenas de papel crepé verde y rojo con que se adornaría el árbol, que era colocado por los muchachos, mientras los pequeños limpiaban las figuritas de barro con las cuales se adornarían los nacimientos cuyo punto central eran las imágenes de María y José, la mula y el buey y, por supuesto,  el Niño Jesús.
Aún me emociono con el canto del Gloria durante la “Misa del Gallo”, el sonar de las campanas, las voces del pueblo entonando el milenario mensaje de “Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”, mientras el humo de los cohetes satura el ambiente del templo y la gente se abraza precisamente deseándose paz.  ¿Cómo íbamos a saber los niños de entonces que pasado el tiempo  esa paz sería destruida por la violencia, por la falta de oportunidades, por la marginalidad y la desesperanza en que hoy esta sumida la población?
Luego la cena navideña con un calor familiar indescriptible, que trasciende el tiempo. Donde se solidificaban los valores de una sociedad que muchos pueden denominar costumbrista o tradicional, pero forjadora  de valores sólidos, donde el respeto a los mayores, a la autoridad, a la vida eran sagrados. Porque la autoridad respetaba, era ejemplo de honradez y manejo limpio de la cosa pública. Hoy eso es nada más un agradable recuerdo.
Matar era signo de escándalo, de repudio público, de indignación colectiva. Todo lo contrario a ahora, que cuando el viento sopla trae aires de muerte, de inseguridad, de cinismo y complicidad por acción u omisión.
En Navidad renacían las esperanzas, se hacían viables los proyectos pero sobre todo se saboreaba la fiesta y se disfrutaba la tranquilidad. Se recordaba al Niño que hecho hombre fustigó la injusticia, predicó la fraternidad, anunció un Reino de Paz.
Que al inhalar los aires de las reminiscencias, seamos capaces de reflexionar y tomar decisiones para evitar más baños de sangre en Honduras y que en vez de las velas que circundan un ataúd o expanden las sombras donde una madre, una esposa, un hermano o un amigo llora en silencio a un ser querido cuya vida se la arrebataron quienes han hecho de la cultura de la muerte su bandera, esa luces agiganten nuestros sentimientos y valores por una Honduras diferente.